Vivimos en la era del dato. Todo lo que nos rodea se traduce en un número que creemos que refleja lo que somos: los amigos en redes sociales, los likes, las notas, los partidos ganados. Cada dato se nos pega a la piel como alquitrán y nos va dando forma. Así dejamos de ser una persona para convertirnos en portadores de números. Y eso pesa todavía más cuando eres un adolescente: alguien complejo, en evolución y en pleno proceso de descubrirse.

Pensemos en una adolescente que no cumple sus propias expectativas: tenía que haber sacado un ocho y ha sacado un seis. O, peor aún, que no cumple las que le ha puesto su entorno: la familia, las amigas, la pareja. Entre todos colocamos esas exigencias sin darle las herramientas para afrontarlas. Y no me refiero a las que estáis pensando, sino a las herramientas emocionales para enfrentarse a una prueba que le genera presión, ansiedad e inquietud.

Rendir bajo presión no es sencillo, sobre todo cuando eres joven, aún no has desarrollado la capacidad de regular tus emociones ni la confianza en ti mismo, y nadie te ha entrenado para esos momentos. Es como salir a la arena para luchar contra los leones y, lo que es peor, sin saber qué es un león.

Las cifras lo confirman. Si en 2021 ya nos parecía preocupante que el 31,4% de los jóvenes presentara síntomas de ansiedad, en 2025 ha subido al 39,8%. Y los datos dicen que esperar no es una opción.

Pero no podemos quedarnos en juicios fáciles ni juzgar su época con los criterios de la nuestra. Son momentos distintos. Nosotros no vivíamos hiperconectados ni recibíamos tantos impactos de información por minuto. Nuestro contexto era físico y no teníamos la ubicuidad que hoy dan internet y todas las tecnologías que nos rodean.

Por eso hay dos caminos: esperar a ver qué dicen los próximos datos o ponerse manos a la obra. Y ponerse manos a la obra no significa quitarles la presión, porque la presión forma parte de la vida. Significa entrenarles para afrontarla. Las habilidades emocionales, o soft skills, predicen el éxito en la vida tanto o más que una nota en un momento concreto. Por eso hay que trabajarlas junto al resto. Y digo entrenar porque es el verbo adecuado: la práctica hace al maestro. Trabajar estas habilidades con el sistema que usan los deportistas y los profesionales de alto rendimiento, con práctica, repetición y situaciones reales, es una forma eficaz de desarrollarlas.

Eso es lo que hacemos con el Método Ona: conectar cuerpo y mente, cultivar la confianza en uno mismo, crear una cultura de comunicación y empatía, y aprender a tener el grupo como referente sin caer bajo su presión. Por ejemplo, trabajamos también con las familias, porque el desarrollo no ocurre de manera aislada: las relaciones y los adultos de referencia forman parte del proceso.

Un ejemplo de cómo lo entrenamos. Ante ese seis, la reacción habitual es ir directo a lo que salió mal. Nosotros proponemos una revisión en tres pasos, siempre en este orden. Primero: ¿qué sintió tu cuerpo durante el examen? Segundo: ¿qué hiciste bien? Y solo después: ¿qué cambiarías la próxima vez? Una sola cosa. El orden importa: si empiezas por el error, el error lo ocupa todo. Si empiezas por ti, el error vuelve a ser lo que es: algo que aprender, no un veredicto.

Un seis no es una persona. Un partido perdido no es una identidad. El resultado importa, pero no define quién eres, y eso también se entrena. En Ona acompañamos a familias, entrenadores y centros educativos para que los adolescentes aprendan a afrontar la presión sin perderse en ella y crezcan como adultos conectados consigo mismos y con los demás.

Nuestros hijos no deberían salir a la arena sin saber a qué se enfrentan. Escríbenos y preparémoslos juntos. Muévete desde dentro.