Hace mucho tiempo, una de las bromas que nos hacíamos entre entrenadores, y recordad que teníamos veinte años, era que para ser entrenador solo hacían falta dos palabras que se tenían que repetir dos veces cada cierto tiempo para superar situaciones de presión: Vamos, vamos, defensa, defensa.
Está claro que no sabíamos más y exagerábamos, pero tiene un anclaje mucho más real de lo que me gustaría reconocer: no éramos conscientes de lo que significaba la presión, de lo que era ser adolescente ni de cómo las palabras mágicas solo funcionan en los libros de espada y brujería.
Los adolescentes son seres humanos en construcción. Tienen un proceso evolutivo del que no siempre somos conscientes y acabamos tratándolos como pequeños adultos, cuando no lo son. En estas edades hay sistemas que evolucionan antes que otros y no todo el sistema va al unísono. Normalmente, el cuerpo va por delante: los cambios físicos le pasan por encima, con todo el torrente de hormonas y experiencias que arrastran a una mente que todavía no está preparada para procesarlo.
Esta realidad se ve también en la gestión de la presión: la mente no está preparada para gestionar la reacción del cuerpo ante situaciones donde se exige un resultado. Podemos gritar todo lo que nos venga en gana, podemos apretar porque su cuerpo ya parece el de un adulto, pero este sistema tiene un alcance limitado y finalmente cae en picado.
El problema no es el niño. Es la presión que siente cuando los adultos que le rodean, sus padres, maestros o entrenadores, le gritan, o cuando lo que le dicen no encaja con lo que le transmiten con el gesto.
Si no preparamos ni entrenamos los momentos de presión en los entrenos o fuera de ellos, los jóvenes pueden vivir estas situaciones como una amenaza en vez de como un reto, desencadenando una reacción que en Ona vemos en cinco niveles: físico, mental, emocional, conductual y social. Una reacción que acaba bloqueando su respuesta óptima, reduciendo su rendimiento y que, como confirma la investigación, puede acompañarles durante años.
Como consecuencia, no solo acaban evitando la situación por sus propias reacciones, el miedo o la ansiedad, sino que también afrontan la presión del contexto: que los miren como no aptos por no ser capaces de dar la respuesta necesaria para conseguir el objetivo que se habían marcado.
No debemos quedarnos en lo que comentaba al principio: podemos y debemos entrenar la presión para que su mente sea capaz de procesar la respuesta que les da el cuerpo.
Lo primero es exponerlos de forma gradual a la presión, que se enfrenten a situaciones de poca intensidad y aprendan a analizar su cuerpo y sus reacciones. Que sean capaces de entenderlas, de hablar consigo mismos y de aceptar que son emociones que los atraviesan pero no los definen. A partir de aquí, ir incrementando paso a paso la presión para recrear el contexto que tarde o temprano aparecerá en su día a día, ya sea un examen, ya sea un partido.
Lo he visto en la pista. Tuvimos un niño de 12 años muy inseguro que evitaba cualquier situación de presión. El cambio llegó en una jugada que no decidía nada, pero en la que le tocaba a él asumir la decisión de atacar el aro. Fue la mirada: esta vez no buscó a quién pasarla. A partir de ahí, paso a paso, su confianza creció tanto en la pista como en el colegio. Y eso es lo importante: el partido se acaba, pero lo que aprende ahí es lo que al final le dará de comer.
El objetivo es conseguir que su mente y su cuerpo trabajen juntos, enseñarles mecanismos de relajación para retornar a un nivel basal que puedan gestionar y, así, que tomen el control de la situación. Por ejemplo, con la respiración: una doble inspiración por la nariz seguida de una espiración larga por la boca, el llamado suspiro fisiológico, ayuda a bajar la activación en pocos segundos.
Y esto no es solo cosa de niños. En la empresa pasa lo mismo: el responsable que exige a un junior como si fuera un senior porque ya lleva traje, o el que repite “hay que apretar” antes de cada entrega. Cambiamos el “defensa, defensa” por “hay que llegar al objetivo”, pero el efecto es el mismo: bloqueo. La presión también se entrena en una oficina.
Así que la pregunta es sencilla: cuando nuestros hijos o nuestros jugadores se enfrentan a la presión, ¿les seguimos gritando “vamos, vamos, defensa, defensa” o les estamos enseñando habilidades para gestionarla? Si la respuesta te incomoda o no sabes por dónde empezar, no pasa nada, a nosotros también nos pasó. Para eso estamos, hablemos y te ayudamos a entrenarla.