81 niños. Un balón. Y una pregunta que nadie se hace antes de diseñar un campus: ¿qué es lo que realmente se llevan los niños cuando se acaba?

No es el tiro en suspensión. Es si hicieron un amigo. Si se atrevieron a pedir el balón en el último minuto. Si alguien los miró cuando fallaron y no se rieron. Si quisieron volver al día siguiente.

El baloncesto es el vehículo. La comunidad es el destino. Y estas son mis reflexiones después de unos cuantos campus encima.

El error de diseño más común

La mayoría de campus se organiza al revés: primero la técnica, luego, si sobra tiempo, el grupo. Pero la evidencia va en la dirección contraria.Bowlby lo dejó claro hace décadas: un niño explora, se arriesga y se equivoca con seguridad cuando tiene una base segura desde la que hacerlo. En un campus, esa base segura no es la cancha. Es el monitor. Es el grupo. Es saber que si fallas el tiro, el vestuario sigue siendo tuyo.

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